Camino de Javier
Laura camina hacia Javier y descubre que lo que más pesa no son los kilómetros, sino todo lo que se aprende a soltar por el camino.
Testimonio de Laura Llusar
Grupo del Camino de Javier durante una de las etapas del verano.
En mi vida he tenido la suerte de poder disfrutar de muchas experiencias religiosas en comunidad que me han enseñado y marcado, y que de primeras son parecidas al Camino de Javier, como la peregrinación de Lourdes, la JMJ, el Camino de Santiago… pero si en este momento tuviera que elegir la que más me ha llenado y nutrido tanto como persona, como en la fe, me quedaría sin duda con esta.
El camino de Javier ha sido un abrir los ojos en muchísimos aspectos. Para mí ha sido como ese rayito de sol que entra por la mañana desde la ventana y te despierta, que aunque te está sacando de la comodidad de tu sueño te da muchísima paz sentirlo, y después te espabila y te despierta del todo para que empieces el día con ganas. Yo de esta experiencia salgo con esas ganas, con esa mirada nueva que me da la fuerza de hacer todo aquello que de normal por no querer perder mi comodidad no hacía, y además me ha servido para trazar bien el camino que quiero seguir, lo cual es muy importante porque caminando nos hemos dado cuenta de que cuando la ruta no está marcada te pierdes… suerte que en este caso siempre hemos podido recalcular y solucionarlo.
Yo no estaba metida en el mundo de Magis, me apunté a esta experiencia animada por una amiga y contagiada por la espiritualidad ignaciana transmitida por mi madre, y aunque no conocía a nadie ni tenía mucha idea de cómo iba a desenvolverse, algo dentro de mí me empujaba un montón a venir. Y sin duda ha superado mis expectativas en todos los sentidos. La verdad creo que no me había sentido tan realizada desde hace bastante tiempo, y por eso, solo me sale dar testimonio desde el agradecimiento.
Agradecer el haber andado lo que han parecido 200 km a 50 grados pero no haberme sentido sola en ningún momento; agradecer haber tenido siempre un plato de comida cada vez que llegábamos después de cada etapa; el haber tenido una guitarra para darle más arte a la experiencia; agradecer cada persona que hemos ido cruzándonos en el camino y que han hecho que fuera más fácil, ya sea dándonos un sitio donde dormir por si llovía, dejándonos su iglesia para celebrar la misa u ofreciéndose a llevarnos en su camión al vernos ahí a todos en mitad de la nada almorzando.
Agradecer también lo pacientes y perseverantes que han sido los monitores y jesuitas con nosotros, intentando siempre darnos lo máximo dentro de lo mínimo que había, haciendo que descubriéramos de verdad lo que es encontrar a Dios en los momentos donde más pesaba todo, en lo sencillo, en lo pequeño. Y demostrándonos que en tiempos de desesperación no hay que hacer mudanza, sino al revés.
Y sobre todo agradecer que al llegar al Castillo de Javier, cuando más necesitábamos esa paz y esperanza que transmite el Cristo de la Sonrisa, nos dejaran entrar a la capilla a rezarle. No puedo describir con palabras lo emotivo que fue ese momento para todos.
Sin duda a la larga se me va a ir olvidando lo que me han dolido los pies y lo mucho que me ha pesado la mochila, porque en la balanza pesan más las risas, los baños que nos sabían a gloria, los gritos de ánimo general que alguno soltaba de vez en cuando aunque ya ninguno pudiera subir ni medio metro más, lo que nos hemos familiarizado con los bichos hasta el que no podía ni verlos, lo rápido que se monta y desmonta una tienda cuando te ayudan, los paisajes, las anécdotas del hermano Chema, los partidos del mundial que hemos podido ver, y el trocito que me llevo de cada uno de mis compañeros. Sinceramente cada uno de ellos me ha parecido un descubrimiento, incluso un regalo.
Se viven una cantidad de emociones distintas en un mismo día, o incluso en una misma hora, que es complicado explicarlo, pero lo bonito es que al vivirlo de forma compartida, todos nos entendíamos. En todo momento he sentido eso que nos unía como grupo, aunque al llegar el primer día cada uno tuviera su historia, cada uno con unas circunstancias diferentes, con motivaciones diferentes, poco a poco cada uno con un dolor en una parte del cuerpo distinta, pero todos guiados por lo mismo, y creo que es lo que más me ha gustado.
Es un camino duro, nos hemos superado físicamente hasta el punto de buscar en internet cómo de caro era llamar un helicóptero de rescate, pero todos coincidimos en que ha sido de lo más brutal que hemos vivido.
Además del camino exterior, destaco sobre todo lo que ha sido el camino interior. Las dinámicas, las reflexiones diarias, las homilías de Dani, las puestas en común… está muy bien planteado para que de verdad abramos los ojos como he dicho antes; miremos hacia dentro con ojos sinceros para saber quiénes somos y hacia dónde vamos, lo que nos queda por aprender, pensemos en esas preguntas que de normal siempre aparcamos porque no queremos tener que profundizar ahí, y justo cuando lo haces, aunque no lo parezca al principio, te llenas de paz. Todo esto mezclado con lo que es caminar, como persona que le gusta andar por la montaña, me ha parecido una pasada.
La verdad diría que me ha ayudado a ordenar todo lo que molestaba en mi cabeza, tanto con las reflexiones guiadas, como escuchando al resto del grupo, y me ha gustado mucho darme cuenta de que cada uno ha pasado el mensaje del Cristo sonriente por su corazón y le ha tocado de una forma u otra dependiendo de su situación, pero una vez más todos coincidimos en que esta experiencia nos ha hecho poner el foco en aquello que quizás nunca nos habríamos parado a pensar si no hubiésemos vivido esto.
Es una experiencia que llega cuando la necesitas, la cual recomiendo, y hay que saber aprovecharla a tope y estar dispuesto a disfrutarla, dejando que Dios entre por la herida igual que el rayito de luz por la ventana.
¿Quieres vivir una experiencia MAG+S?
Cada verano, jóvenes como Laura descubren en el Camino de Javier un lugar donde encontrarse con Dios, consigo mismos y con otros.
Vive un verano MAG+S



