Esta experiencia estaba hecha para mí

Más que Derecho. Salamanca, Marzo 2017


Como me dijeron ya hace tiempo, las mejores cosas vienen, aunque asusten, confiando y dejándose sorprender. Y si por el momento no lo vemos claro, recordemos que en la vida —como en el Derecho— todo se puede interpretar.

En el mundo del derecho existe un aforismo latino que nos recuerda que in claris non fit interpretatio, lo cual quiere decir básicamente que, en los casos en los que el texto de la ley es inequívoco, no hay lugar para la interpretación. Muchas veces a lo largo de la carrera, tras horas descifrando leyes ambiguas o directamente incomprensibles, me he encontrado con una doble certeza: primero, que la ley clara no existe; y segundo, que semejante oscuridad tenía que ser, por fuerza, intencional.

Algo semejante pienso —aunque con mucho más cariño— de las experiencias de pastoral de la Compañía:

Más que Derecho: encuentro ignaciano para jóvenes juristas.

Esa fue toda la explicación que se nos dio sobre el fin de semana; y aun así —sin saber muy bien ni cómo ni por qué—  quince jóvenes venidos cada uno de un rincón de España nos presentamos el marzo pasado en Salamanca, dispuestos a pasar tres días “dejándonos sorprender”.

El problema —o quizás la ventaja— de esta “filosofía de la sorpresa” que con el tiempo he aprendido a querer, es que cada uno llega a estos encuentros con sus propias expectativas. En mi caso, estos tres días se presentaban como un momento para tomar “decisiones importantes”. Con el final de la carrera acercándose, me parecía que esta experiencia había sido pensada para mí: unos días para hacer silencio interior, compartir inquietudes, y con un poco de suerte descubrir por fin cual era ese “sueño de Dios para mí” del que tanto me habían hablado. Con semejantes expectativas, ni que decir tiene que mi experiencia estaba condenada a ser una completa decepción; y sin embargo, como tantas otras veces me ha ocurrido, sucedió más bien que pronto me di cuenta de que mi objetivo andaba algo desenfocado. No se trataba de volver de Salamanca con la vida solucionada, sino simplemente de parar, escuchar, y ordenar. El resto iría viniendo solo.

Voy a intentar ahondar en lo que significó para mí la experiencia. De este modo —y como buena jurista—, no he podido evitar “clasificar” las ideas y sentimientos que me gustaría transmitir en tres puntos. 

En compañía

Vivida en solitario esta experiencia carecería de sentido. Para mí fue una ayuda inestimable, dado el momento en el que me encontraba, poder escuchar las inquietudes, los fracasos y los aciertos de las otras quince personas que me acompañaban. Estudiantes, profesionales, opositores… en definitiva jóvenes como yo que habían vivido o estaban viviendo etapas similares, y que, sin duda, tenían mucho que aportar y que aportarme. Gracias a la compañía del grupo (y también de los organizadores y  los profesionales que vinieron a dar su testimonio), descubrí cuánto bien podía hacerse a través de esta disciplina a la que he dedicado ya cinco años de mi vida, y a la que por desgracia nunca me había sentido especialmente vinculada.

Quizás sea esta relativa falta de vocación la que me lleva a agradecer de corazón el haber conocido a gente con verdadera pasión por el Derecho. Gente que me demostró hasta qué punto la ley puede ser un instrumento para defender las causas más altas y nobles, pero también los problemas más cotidianos, esos que, tristemente, pueden llegar a bloquear la vida de una persona. Al fin y al cabo, el Derecho tiene mucho de acompañamiento.

Ponerse en verdad

En este tipo de experiencias siempre es difícil resumir o seleccionar un momento concreto de lo vivido; y sin embargo, también suele ocurrir que hay instantes, frases, o personas que nos tocan de forma especial. En mi caso fue uno de los testimonios que escuchamos. Uno que no hablaba tanto de la experiencia profesional de la persona que lo dio, o de su proceso de aprendizaje hasta llegar a donde estaba, si no precisamente de eso que tanto me rondaba a mí la cabeza: la toma de decisiones. En este sentido, una frase resonó en mí especialmente: “ponerse en verdad”. Es una forma muy ignaciana de decir que en estos casos lo más importante es ser sincero con uno mismo, incluso si esto resulta muchas veces tarea complicada.

Ciertamente, no siempre es fácil distinguir lo que se quiere de verdad y libremente, de aquello a lo que aspiramos por imposición (incluso si ésta es inconsciente). En mi caso descubrí que muchas veces construimos ideales respecto a nosotros mismos y a lo que queremos llegar a ser, y acabamos “queriendo querer” cosas que quizás no sean para nosotros. Aspirar a la mejor versión de uno mismo puede sin duda ser una virtud, pero ello siempre y cuando se tenga cuidado de no convertirlo en una prisión de constante insatisfacción. Ante esto, MásqueDerecho me enseñó la importancia de aceptar mi "yo" de ahora y de decidir siempre desde mis cualidades, mis defectos, y mis limitaciones actuales.

Las decisiones “importantes”, mejor con paz y libertad

Como no podía ser de otra forma, tres días terminaron por no ser suficientes (ni falta que hacía) para decidir y grabar en piedra mi futuro. Sí sirvieron, en cambio, para sembrar en mí una serie de seguridades que desde luego me ayudarán en los meses que tengo por delante.

Si algo aprendí en este encuentro es que las decisiones, incluso las que nos parecen cruciales y definitivas, se toman mejor con paz y libertad. No debe darnos miedo que las certezas sean escasas y las dudas abundantes, ya que incluso la decisión más meditada puede llevarnos a veces a lugares en los que descubrimos que nunca quisimos estar; y no pasa absolutamente nada. Abrir puertas, volver a cerrarlas, y acabar entrando por las ventanas. Con eso me quedo.

Como me dijeron ya hace tiempo, las mejores cosas vienen, aunque asusten, confiando y dejándose sorprender. Y si por el momento no lo vemos claro, recordemos que en la vida —como en el Derecho— todo se puede interpretar.

Cristina González Pombo (UPComillas, Madrid)

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