Un querer que te rompe el corazón

Experiencia Sur en Compañía. Camerún Verano 2016


Es aquí, en esta absoluta injusticia, cuando tomas conciencia de la honda herida que tiene el mundo, una herida por la que se está desangrando en forma de vidas rotas que intentan cruzar un mar o atravesar un muro y cuyo precio es el de mil sueños hechos pedazos.

- «¿Y que habéis estado haciendo en Camerún?»

Y yo que levanto la vista, resoplo y pienso… «¡Ya estamos otra vez con la pregunta del millón!»

Hace casi un mes que he vuelto y aún no sé cómo responder esta pregunta de forma “europeamente” satisfactoria. Hacer, hacer… es difícil definirlo porque no ha sido esta una experiencia de voluntariado al uso, como las que vemos por la tele. No hemos construido ningún pozo, ninguna escuela, caminos ni casas.  Pero hemos cocinado al fuego, trabajado en el campo, cortado leña, segado con machetes y hasta hemos matado pollos. Tampoco hemos ido a organizar campamentos para entretener a los niños. Pero hemos jugado a fútbol, hemos preparado juegos, bailado (de aquella manera, porque nos quedó muy claro que los blancos no sabemos mover las caderas) y chillado como los que más. Si me apuráis, de hecho, no hemos ni puesto en liza nuestras relativas formaciones. Aunque sí que hemos dado clases y hemos ayudado en el dispensario.

Explicado así, realmente parece que no hemos hecho nada o, como me han dicho ya dos personas «estabais de vacaciones, para eso no hace falta ir a Camerún». Quizás decir tanto como esto es un poco aventurado.

Casi tres semanas después de nuestro regreso, me atrevo a decir que el objetivo de la experiencia no era «ir a hacer en Camerún» sino «ir para que Camerún te haga».

Se trata de un dejarse hacer pausado, «a la africana». Un «hacer que te hace»  y me lleva a pasar del sentimiento de rabia e impotencia al descubrir que yo comía mejor que los niños, y al agradecimiento al aceptar la hospitalidad extrema de quién/es ofrecen al invitado todo: las mejores habitaciones, las mejores comidas y las mejores atenciones. Porqué es así. Porque en Yaoundé descubrí lo que es la hospitalidad de verdad, lo que es que te quieran sin ninguna otra razón que la de compartir unos días juntos. Esta hospitalidad sólo puede proceder de una concepción mucho más auténtica de qué es lo verdaderamente importante.

Lo importante en el Foyer Saint Augustin, (el Hogar donde convivimos día a día con los 30 niños/as que le dan vida) es querer y sentirse querido. Así fue, al menos, mi experiencia más personal, que no dista mucho del resto de mis compañeros. Por encima del horario establecido, de que un taller salga bien o no, de que en la clase aprendan más o menos de informática, inglés o castellano; por encima de esperar una hora a la salida del zoo y, si no fuera poco, coger el mayor atasco de la ciudad y que el vehículo tenga una avería... Estoy hablando de un querer de corazón, de un ser humano a otro ser humano a pesar de sus diferencias de edad, de color, de dígitos en la cuenta corriente y de posibilidades en la vida.

Es a la vez, un querer que te rompe el corazón cuando el niño con el que hablas te pide que vuelvas y le lleves con él. Cuando no puedes encontrar las palabras para responder porque sabes que la verdad es tan dura como injusta: «no puedo porque tú has nacido 7000 kilómetros demasiado abajo. Porqué si vienes conmigo mi sociedad no te va a dejar formar parte de ella. Porque allí tienes aún menos posibilidades que aquí». Y es aquí, en esta absoluta injusticia, cuando tomas conciencia de la honda herida que tiene el mundo, una herida por la que se está desangrando en forma de vidas rotas que intentan cruzar un mar o atravesar un muro y cuyo precio es el de mil sueños hechos pedazos.

He aprendido a mirar a los ojos a alguien que te insulta por ser de otro color y poder empatizar con tantos que sufren aquí esa realidad a diario. He aprendido que no pasa nada por decir «no puedo» o «no sé». Esas dos palabras que en Occidente son sinónimo de debilidad y derrota las viví  tan lejos de mi casa como una liberación, como una manera de empezar relaciones más humanas. A mayores, esto me enseñó a sentirme enormemente querido sin ser conocido, sin poder demostrar mis potencialidades –en parte por físico en parte por idioma- sin poder dar cada día el máximo de mí. Sencillamente ser querido por el simple hecho de ser alguien a quien acoger. Alguien a quien hacer sentir en su casa, aunque esta impotencia me pesara en muchos momentos.

Pero claro, todo eso es muy difícil de responder si la pregunta es «¿qué has hecho en Camerún?», así que cojo aire y respondo:

«Vivir. En Camerún, he aprendido a vivir».

Y me guardo para mí que lo más importante que he hecho en Camerún: dejar un trozo de mi corazón y llenar el resto de nombres. Porque… claro, ¿cómo iba a entender esta respuesta alguien que cree que he estado de vacaciones?

David del Blanco

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